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Asociación para la Cualificación y el Aprendizaje Permanente

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La responsabilidad del profesor

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VICENTE CARRIÓN ARREGUI 13/03/2009. El pais

Disfruté enormemente de la lectura del Panfleto antipedagógico, (Editorial Leqtor), de Ricardo Moreno, porque comparto buena parte de sus reflexiones sobre el deterioro de la enseñanza a raíz de la reforma educativa propiciada por la LOGSE. Por ello lamento más no compartir el contenido de su artículo Algunos males del sistema educativo (EL PAÍS, 4-12-08) en donde -como acertadamente replicaba Julián Moreiro en Cartas al Director (6-12-08)- atribuye a la actual legislación educativa toda la responsabilidad de los fracasos escolares y reserva a los profesores el buen hacer que evita el hundimiento completo del sistema. Llevo más de veinte años de docencia en tres comunidades autónomas y, pese a haber padecido cuatro reformas educativas (LOGSE, LODE, LOCE y LOE), ninguna de ellas ha modificado mayormente mi manera de enseñar. Cambian los temarios, el número de horas lectivas, los libros y soportes tecnológicos pero no por ello cambia el modo de trabajar de buena parte del profesorado. Para bien y para mal.

Como cuando empecé, sigue habiendo profesores que se jactan de haber suspendido a toda la clase como si ello proclamara su calidad; los hay que alardean de no aprenderse jamás los nombres de sus alumnos -"material fungible", dicen-, los que se indignan porque el programa informático ya no admite el cero como calificación y quienes presumen de no corregir más de un ejercicio por alumno y evaluación. Junto a ellos, los hay que preparan sus clases con la ilusión del primer día pese a estar a punto de jubilarse o los que tratan al alumno con una delicadeza que éste no había conocido jamás; en fin, muchos profesionales excelentes que se ganan el respeto y el aprecio de alumnos, padres y compañeros por la generosidad con la que ofrecen su tiempo, su esfuerzo y sus conocimientos a la comunidad educativa.

Como en botica, en nuestros centros escolares hay de todo, profesores magníficos y pésimos, mediocres, aburridos y quemados, trabajadores y vagos; un fiel mosaico social que permite a los alumnos comparar, contrastar y preferir. Nada nuevo bajo el sol. Y en esto disiento radicalmente de Ricardo Moreno: es tal la desidia y la incapacidad de la Administración para promover las buenas prácticas docentes y para penalizar las nefastas, que las modificaciones legislativas no ejercen, en mi opinión, excesiva influencia en el núcleo de la vida escolar, en la manera en que el profesor se relaciona con los alumnos en el interior del aula. Por lamentable que pueda considerarse esta incapacidad burocrática para concretar estas reformas legislativas -los inspectores no quieren líos y los equipos directivos están sobrecargados de trabajo y carecen de competencias para gestionar adecuadamente sus recursos humanos-, y por las noticias que llegan de la Universidad en relación al Nuevo Máster de Formación del Profesorado con el que se pretende sustituir al Certificado de Aptitud Pedagógica (CAP), actual requisito didáctico para acceder a la Función Docente, parece preferible optar por la actual desidia antes que someterse al imperio de la jerga pedagógica.

Como señala el propio Moreno y como sostienen los firmantes del artículo La estafa de enseñar a enseñar (EL PAÍS, 8-12-08), la disociación entre contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales que consagrara la LOGSE ha dado pie a mucha charlatanería sobre cómo enseñar matemáticas a cargo de quienes no tienen ni idea de Matemáticas. Yo también creo que no hay pedagogía más fiable que la de un profesor empapado en su especialidad a la hora de contagiar y transmitir al alumnado su interés por la asignatura. Ahora bien, si para la Administración no parece estar claro qué se entiende por un buen profesor, fiémonos de los alumnos, de los de ahora y de los que un día fuimos, y coincidiremos en sus principales atributos: el que logra enseñar su materia de un modo ameno y no excesivamente severo, sí, pero sobre todo el que les estimula para que sigan aprendiendo por su cuenta.

Aun a riesgo de enemistarme con algún colega, precisaré un poco más algunos peligros que amenazan la calidad de nuestro ejercicio docente. Es obvio que hablo en primera persona del plural. Cuando aludo a la amenidad de las clases no me refiero a quienes cuentan chistes ni sazonan con batallitas personales el tiempo lectivo. Hay demasiados profesores que utilizan la tarima para desahogarse del poco caso que les deben hacer fuera de clase. No, me refiero a la amenidad derivada del interés con que se vive el estudio, el aprendizaje y el conocimiento en su relación con la vida cotidiana, la actualidad sociopolítica, la capacitación profesional o el mero placer intelectivo. Por rigor excesivo entiendo la desproporción que a veces se produce entre lo que un profesor da y lo que pide. Desconfío por principio de quienes desprecian el bajo nivel de sus alumnos pero no se molestan en comprobar cómo toman apuntes o cómo expresan lo supuestamente entendido. No mandan tareas ni ejercicios para no dedicar tiempo a corregirlos, no facilitan la confianza ni el respeto imprescindibles para que el alumno formule sus dudas sin temor y no pierden el tiempo comprobando qué errores cometen sus estudiantes y cómo ayudar a enmendarlos. El buen profesor ha de trasmitir que su exigencia empieza consigo mismo y por eso exige en proporción al esfuerzo que realiza. Digan lo que digan las sucesivas reformas educativas, en nuestros centros educativos sigue habiendo demasiados profesores encantados de oírse a sí mismos, repitiendo la misma matraca de aula en aula, enfadados porque los alumnos muestran cada vez menos interés por sus discursos.

Francamente, creo que hablamos demasiado y ello incita al aburrimiento y a la desconexión mental. Somos efectivos enseñando al alumno a pasar horas muertas haciendo como que hace algo, pero no acabamos de lograr que escriba, lea, resuma, entienda, pregunte, explique, argumente, asimile; en suma, actúe. Y es que no fue la LOGSE quien propuso por primera vez el protagonismo del alumno en el proceso educativo.

Lamento repetirme pero yo creo que fue Platón, en el libro VII de La República, cuando dice que la educación no es dar vista al ojo que no la tiene sino orientar la visión de quien, ya teniéndola, no la dirige hacia donde es menester. El buen profesor no será, por tanto, quien avasalle al estudiante con su sabiduría sino quien oriente y tutele el camino que éste ha de recorrer. ¿Cómo conseguir, entonces, que el profesorado realice su trabajo lo mejor posible? No tengo ni idea, Ricardo, pero no por ello atribuyo a las leyes competencias que no ejecutan ni exculpo a los profesores de la parte de responsabilidad que tenemos por aferrarnos a hábitos perezosos y obsoletos que contribuyen al fracaso escolar que tanto nos preocupa.

No quisiera terminar estas líneas sin relacionar todo lo dicho con el artículo Educación para el segregacionismo que Enrique Gil Calvo escribió hace ya un tiempo (EL PAÍS, 23-10-08). En él buscaba respuesta a la aparente paradoja de que esté creciendo la enseñanza concertada católica en un país cada vez más laico. Él incidía en una explicación de tipo clasista con la que coincido pero a la que me gustaría añadir un par de apuntes. Los equipos directivos de los centros privados gestionan la labor del profesorado de un modo mucho más eficaz a la hora de atender a los padres, controlar su rendimiento docente y asegurar una atención extrema a los temas de disciplina, sanciones, modales, etc. Desde un punto de vista sindical será discriminatorio, pero me parece que a los padres no les importa mucho. El día en que la función directiva de los centros públicos se dignifique, se profesionalice y se estabilice quizás podamos invertir esta lamentable tendencia actual del sistema educativo público que contraría su función principal, la de velar por la igualdad de oportunidades del conjunto de la población.

Vicente Carrión Arregui es profesor de Filosofía en un instituto de enseñanza secundaria

 

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